Hace medio siglo, el 20 de octubre de 1976, “Pelusa” sumó sus primeros minutos con la camiseta de Argentinos Juniors. El recuerdo de aquella jornada inolvidable
La cancha de Juan Agustín García y Boyacá. Allá en la lejanía de 1976. Con el aroma a barrio aún impregnado en cada esquina, en las costumbres inalterables de los vecinos. Aquel Argentinos Juniors, que no perdía la distinción del toque que trae en el ADN desde su fundación, pero que en los últimos años debía conformarse con el proletario esfuerzo de tener que ganarse el pan en cada partido, para no tener que caer en las desventuras del fondo de la tabla. Sus hinchas, los habitués del tablón, sabían interiormente, que les esperaba un destino de grandeza. Porque habían nacido y crecido en el credo del fútbol bien jugado. Solo necesitaban una estrella. Y fue la más fulgurante de todas
El debut de Diego Armando Maradona. Esa fecha ya debería estar en los textos escolares, junto con el 25 de mayo de 1810 o el 9 de julio de 1816. Porque el 20 de octubre de 1976, se partió al medio la historia del fútbol argentino. Un chico, del que se venía hablando desde hacía tiempo, coronaba el anhelo de llegar a primera. Pese a que eran tiempos donde no teníamos el permanente bombardeo de datos de la actualidad, ya se sabía de él. El de los Cebollitas, el que hacía jueguitos en los entretiempos, desmintiendo a su edad que apenas arañaba los dos dígitos. El que causó asombro en los exitosos sábados circulares de Pipo Mancera, llevando sus acrobacias a los estudios de televisión.
Era una promesa. Pero no como tantas. ¿Cuántas veces se escuchó la remanida frase “en las inferiores hay un pibe que la rompe”? Acá todos sentían que era de verdad. Que habitaba allí algo distinto. El día soñado podría haber ocurrido un mes antes, pero el destino sabe cuándo tiene que jugar sus cartas, como lo relató el propio Diego en su autobiografía: “Podría haber debutado un mes antes, pero me mandé una… Resulta que en un partido de tercera contra Vélez, en septiembre, el árbitro había sido realmente un desastre. Cuando terminó, me acerqué y le dije, así tranquilamente: ‘Juez, usted es un fenómeno, tendría que dirigir partidos internacionales’. Me dieron cinco fechas por la cabeza y retrasaron el debut”.
El año de Argentinos Juniors había sido irregular hasta allí. En el Metropolitano, luego de la fase de grupos, debió disputar el mini torneo por la permanencia, donde quedó apenas dos puntos por encima de San Telmo, el único descendido. En el Nacional arrancó mejor y en el momento de tener que enfrentar a Talleres, con siete fechas disputadas, estaba segundo en la zona, un punto por detrás de Newell´s.
El histórico partido se programó para el miércoles 20 de octubre a las 16. En su autobiografía, Diego contó cómo se enteró que sería protagonista: “En la práctica del martes en Comunicaciones, se me acercó el técnico que era Juan Carlos Montes y me dijo: ‘Mire que mañana va a ir al banco de primera’. A mí no me salían las palabras, entonces le respondí: ‘¿Qué? ¿Cómo?’. Y él me contestó: ‘Si, va a ir al banco de primera… Y prepárese bien porque usted va a entrar’. Entonces yo agarré, desde ahí mismo, de Comunicaciones, me fui corriendo con el corazón en la boca para contárselo a mis viejos. A los dos segundos, por medio de la Tota, ya lo sabía todo Fiorito”.
En este recorrido de la profesión, uno tuvo el gusto de poder entrevistar a Juan Carlos Montes, quien ya nos dejó. Pero siempre recordaré su don de gente y su humildad para contar, en el living de su casa rosarina, como fue partícipe clave de ese día emblemático: “En aquellos tiempos las cosas eran muy diferentes con respecto a la actualidad con los planteles de fútbol. En Argentinos Juniors apenas tenía a Rodolfo Valgoni como preparador físico y a un delegado del club, que era el que todos los días me insistía en que tenía que ir a ver a un chico de la séptima que la rompía. Yo le respondía que una vez que nos salváramos del descenso en el Metro, íbamos a ir a ver todo lo que quisiera. Una vez cumplido el objetivo, le pedí que lo trajera a la práctica de primera. Al rato, vi como venía caminando despacio un chico bajito, que tenía puesta una camiseta de Newell´s. Cuando lo tuve cerca le dije: ‘¿Me estás cargando poniéndote la camiseta del club donde jugué?’, a lo que tímidamente me contestó: ‘No, señor, es la única camiseta de fútbol que tengo y me la regaló Mario Zanabria’“.

Con el tono calmo que siempre lo caracterizó, siguió relatando aquellas horas imborrables: “Comenzamos la práctica y fue una cosa asombrosa. Nunca había visto nada igual. La habilidad, la desfachatez y la calidad con la que jugaba con tan solo 15 años, ese tal Diego Armando Maradona, eran de otro planeta. A partir de ese momento, le dije que viniera todos los días a entrenar con el plantel de la primera. A los pocos días fui a la AFA para hacer un trámite y me lo encontré a Menotti, que estaba trabajando junto a Ernesto Duchini, preparando al juvenil para el Sudamericano que iba a clasificar al primer mundial de la categoría en 1977. El Flaco me preguntó si tenía algún pibe del club para esa selección. Obviamente mi respuesta fue afirmativa: ‘Hay uno que para mí va a ser un fenómeno. Vení a verlo cuando quieras porque está alternando en primera’. Vinieron, lo vieron, se asombraron y lo convocaron”.
Era una fecha entre semana, pero dentro de lo particular que fue el Nacional 1976, con dos grupos de 8 equipos y otros dos de 9. Ese disparate hizo que las zonas C y D, tuvieran dos jornadas más. La primera de ellas fue la del miércoles 20 de octubre. En la previa, el partido de La Paternal concitaba gran atención, no tanto por la buena campaña del local, sino porque Talleres había sido la revelación de los dos Nacionales anteriores y aquí estaba en levantada. No había comenzado bien en las primeras cuatro jornadas (1 empate y 3 derrotas), pero en ese momento sumaba tres triunfos consecutivos, de una extraordinaria serie que llegaría hasta 9.
Los diarios de la época lo reflejaban, como el caso de edición matutina de Crónica: “Todos los partidos de hoy comenzarán a las 21, excepto el que en La Paternal apurarán Argentinos Juniors y Talleres, que comenzará a las 16 y que, sin dudas, se roba la fecha”. Y más adelante señalaba: “El local Argentinos Juniors (9) se convirtió en la vedette del certamen. Está segundo en su zona y se prepara para recibir a Talleres (7) que está levantando cabeza y quiere demostrar, de una vez por todas, que es el mejor del interior”.

El sueño se iba a hacer realidad para aquel pibe que deslumbraba a todos desde el tiempo de los Cebollitas y así lo evocó: “Cuando llegó el gran día hacía un calor bárbaro. O eso sentía yo, por lo menos. Me puse la camisa blanca y el pantalón de corderoy turquesa, con la botamanga ancha. ¡El único que tenía! Se hablaba de los premios y yo pensaba: ‘Bueno, en ese partido al suplente le toca algo y si entra, un poco más’. Hacía cuentas: ‘Por ahí me compro otro pantalón o algo’. Después perdimos, je, pero igual fue todo muy lindo. A la mañana, cuando salí, mi vieja me acompañó hasta la puerta: ‘Voy a rezar por vos, hijo’, me dijo. Mi viejo pidió permiso para salir antes del laburo para ir a verme y recuerdo que antes de ir a la cancha me avisaron que había llegado a tiempo”.
En la continuidad del relato, Diego describe el candor y la bohemia que aún imperaban en nuestro fútbol hace 50 años. Visto desde el hiper profesionalismo actual, es casi un cuadro surrealista: “Lo primero que me impactó fue la hinchada de Talleres. ¡Había cordobeses por todos lados! Nosotros, los jugadores de Argentinos, nos juntábamos antes del partido a comer en Jonte y Boyacá el clásico bife con puré, con la charla técnica de Montes como postre. Después, cruzábamos caminando hasta la cancha entre la gente. ¡No nos conocía nadie! Y encima eran todos cordobeses con su tonada inconfundible. Ellos tenían un equipazo: Ludueña, Ocaño, Luis Galván, Oviedo y Valencia. Nosotros no teníamos tantas figuras. ¿La verdad? Nos tendrían que haber hecho dieciocho goles. Recuerdo nuestro cuadro de memoria: Munutti; Roma, Pellerano, Gette, Minutti; Fren, Giacobetti, Di Donato; Jorge López, Carlos Álvarez y Ovelar”.
La superioridad que mencionaba Diego en el libro fue una realidad dentro de la cancha. Talleres fue muy superior desde que comenzó el cotejo, haciéndose fuerte a partir de su premisa del buen trato del balón, sobre todo cuando pasaba por los pies de Valencia y Ludueña. Y fue este último, el que, a los 33 minutos, abrió el marcador llegando a definir dentro del área como un centro delantero, a despecho de su posición natural de volante central. Es que ese equipo tenía una movilidad abrumadora e iba a hacer historia.
Así terminó la etapa inicial. Y si el entrenador tenía decidido hacer debutar a Maradona, el score en contra lo terminó de convencer, como lo detalló Diego: “Antes del final del primer tiempo, Montes, que estaba en la otra punta del banco, giró la cabeza y me clavó la mirada, como preguntándome: ¿Se anima? Yo le mantuve la mirada y esa, creo, fue mi respuesta. Enseguida empecé con el calentamiento y en el arranque del segundo entré. En el borde de la cancha, Montes me dijo: ‘Vaya, Diego, juegue como usted sabe… y si puede, tire un caño’. Le hice caso: recibí la pelota de espaldas a mi marcador, que era Juan Domingo Patricio Cabrera, le amagué y le tiré la pelota por entre las piernas. Pasó limpita y enseguida escuché el Ole de la gente, como una bienvenida. No estuvieron todos los que dicen haber estado, pero las tribunas estaban hasta la manija, no se veía ni un pedacito de tablón”.
Los que habían ido imantados por el posible debut de Maradona, ya sentían que estaba paga la entrada. Desde el primer destello, dejó su huella. La que se acrecentó hasta el infinito y llega hasta nuestros días. Por suerte hubo una interesante cobertura fotográfica que nos permite observar a ese Diego de camiseta roja con la banda blanca cruzando el pecho. Las mangas largas que le quedaban holgadas, pero siempre con la mirada fija en la pelota, los rulos negros enmarcando el rostro de un joven a diez días de cumplir 16 años.
Ese gol que marcó Ludueña en el primer tiempo fue el único de la tarde inigualable. Maradona ya había cautivado a todos y como muestra, baste su mención en el breve comentario que la revista El Gráfico hacía en una pequeña columna, debajo de las formaciones de los equipos en cada partido: “En el segundo tiempo Talleres se apretó contra sus palos para defender el 1-0. Argentinos quedó sepultado en su incapacidad ofensiva. Ni siquiera la inclusión del sorprendente, habilidoso e inteligente ex cebollita Maradona alcanzó para resolver el problema”. La firma es del admirado colega Héctor Vega Onesime, que puntuó con 7 la tarea de Diego.

La historia empezaba a dibujar sus primeros trazos y Juan Carlos Montes nos regaló una anécdota poco conocida del partido siguiente: “A los tres días teníamos que viajar a Rosario para enfrentar a Newell´s, donde yo había sido campeón como técnico en 1974. Le había advertido a Diego que en el medio de ellos estaban Berta y el Tolo Gallego, que, si te agarraban, te liquidaban (risas). Mi consejo fue que no arriesgara demasiado y que no se dejase pegar. Llegamos el sábado a Rosario y apenas me instalé en la habitación del hotel me sonó el teléfono. Era el Gringo Berta, a quien había tenido como jugador hasta principios de ese año. Las primeras palabras tras el saludo fueron: ‘Avisale al pibe habilidoso que traés, que a la primera que toque, va al alambrado’. A lo que le contesté: ‘Quedate tranquilo que ya le dije, pero igual tené cuidado de no quedar pagando, eh’. El tema es que comenzó el partido y Diego otra vez hizo lo mismo: tomó la pelota y en la primera, le tiró un caño”.
Y uno concluye que la historia de nuestro fútbol cambió su rumbo aquella tarde irrepetible. Luego llegarían la Selección, Boca, Barcelona, Nápoli, Sevilla, Newell´s y el regreso a Boca. Los Mundiales, las sanciones, las luces y las sombras. También la fama desmedida, quizás, el único rival al que nunca pudo gambetear como deseaba. Pasaron 50 años del debut. Su legado, desconoce el paso del tiempo.
Infobae



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