El adiós del capitán al equipo nacional, un cimbronazo para el mundo del fútbol
Por Ezequiel Fernández Moores, para La Nación
El último truco de Harry Potter fue el Mundial. Debatimos durante meses si Miami no era acaso un último destino excesivamente liviano, comercial. Si ese fútbol menor le permitiría llegar bien a la Copa. Y cómo debería Lionel Scaloni dosificar entonces los minutos del crack, porque Leo Messi llegaba al Mundial más largo de la historia con 39 años. Rodrigo De Paul dio una primera pista cuando reveló una “preparación especial”. Llegó el debut contra Argelia y Messi marcó tres goles. Ocho goles, cuatro asistencias. Y el pico contra Inglaterra, como debía ser. Esa disputa del primer tiempo en la que deja sentado a Harry Kane. La orden a De Paul de que le diera todas las pelotas tras el empate. Y el desborde final contra dos ingleses de 25 y 23 años para servirle el 2-1 a Lautaro Martínez. “Nos enseñaste que las acciones”, lo despidió el lunes Lisandro Martínez, “tienen mayor valor que las palabras”.
Su cierre del Mundial guarda una imagen potente: estático y con lágrimas ante los hinchas que lo aman. Y sus compañeros, todos, cerca suyo. Crónicas de la prensa extranjera citan hoy esa imagen como una despedida íntima y a su vez pública, emotiva (ya no solo el gesto de “mal perdedor” que le daba la espalda a la premiación de España, campeón inobjetable). Sus compañeros sabían que era su último partido en la selección. Y Messi sabía también que sería su último partido de selección con su padre todavía vivo. ¿En serio perdimos por el FBI, por Malvinas o por el Chiqui Tapia? Si Argentina llegó hasta la final fue porque el mago desplegó su truco escondido. Y porque, a falta de buen juego colectivo, contagió un coraje extraordinario. Su mejor Mundial en el momento más inesperado.
Su último gol de selección, el misil seco del 2-2 ante Egipto en un partido que estaba perdido, es otra marca. El artista que privilegia la eficacia sobre la estética. “Mi secreto”, dijo una vez el “Bombardero” alemán Gerd Müller, “era fijarme donde no llegaba el arquero”. Repaso videos de Messi mientras escribo. Entre goles de emboquillada, slaloms, tiros libres, lo que sea, hay infinidad de arqueros a contrapierna. ¿En serio quieren compararlo con algún otro? Son sus propios colegas los que lo ponen en la cumbre. Desde ex compañeros de Cristiano Ronaldo en Real Madrid hasta cracks brasileños, rival histórico. Y también muchos de nosotros mismos, aun siendo “esclavos emocionales de Maradona”, como nos describe a muchos argentinos el colega español Ramón Besa, él también deudor de Diego.
Leo y Diego fueron líderes y campeones diametralmente opuestos, pero, dueños ambos de su propio tiempo. A diferencia de Diego, que puso el pecho a todo (a lo que debía y a lo que no, y pagó precio por ello), Messi jamás respondió a sus críticos. Ni siquiera a los que durante los años de sequía le reprocharon que no fuera como Diego, “pecho frío que ni siquiera cantaba el himno” y que solo ganaba con Barcelona. El propio Messi, el jugador más veloz con la pelota en los pies que hemos visto en la historia del fútbol, precisó su propio tiempo largo con la selección. Algo inusual en estos tiempos sin tiempo, de redes que exaltan y destrozan con la misma rapidez y la misma facilidad. Veintiún años con la selección. Caímos acaso en cierta resignación tras la tristeza en la final de Brasil 2014 en el Maracaná y también luego del Mundial oscuro de Rusia 2018. Aliviar tanta expectativa ayudó acaso a todos, Messi incluido.
Fue después de aquel partido ante Egipto en Atlanta que encontré –y cité en su momento- una crónica maravillosa del periodista y escritor Sam Anderson en The New York Times Magazine, tras varios días de seguimiento a Messi y a sus hinchas con camisetas de Messi (como los miles de asiáticos que ya habíamos visto en el Mundial de Qatar). Anderson vió Messis bebés, Messis ancianos y Messis embarazadas. Messis en motocicletas y Messis en sillas de ruedas. Messis besándose y Messis peleando. Messis calvos con la cabeza pintada de azul. Messis esperando waffles calientes, Messis mirando pinturas impresionistas y Messis posando para fotos donde asesinaron a John F. Kennedy. “Messis con camisetas de Messi haciendo fila para comprar más camisetas de Messi. Diez millones de Messis, densidad descomunal de Messis, un mar de Messis”. En su video de ayer, la AFA elige que el escudo de la camiseta sea el que le “hable” a Messi: “Nunca tanta gente en el mundo llevó la celeste y blanca conmigo en el pecho”.
Lo que más me gustó del texto hermoso de Anderson fue el final: “¿Qué perdemos cuando una estrella desaparece? “¿Adónde van todos esos recuerdos?”. La lapicera Harry Potter que usó Messi para su carta, según cuentan, incluye el “Giratiempos” que permite ir hacia atrás. Las analogías son tentadoras. Un fanático de la saga me recuerda el momento en el que Harry Potter cree ver a su padre fallecido que vuelve para salvarlo de los siniestros Dementores. “¿Crees que los muertos que hemos amado nos abandonan del todo?”, le dirá luego su sabio mentor y protector, el profesor Albus Dumbledore. “Tu padre vive en ti, Harry, y se manifiesta más claramente cuando necesitas de él”. En su película, Alfonso Cuarón pone en el personaje del padrino Sirius Black la respuesta que alivia a Harry: “Los que nos aman jamás nos dejan del todo”. El pueblo futbolero tampoco.



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